Añoranzas Navideñas (III)
28. Diciembre 2009 | Sección: En la Opinión de..., PiscaroteEL VIEJITO BARBÓN
Es una figura que indudablemente se ha generalizado en muchos países, entre ellos, desde luego, México.
Es el rechoncho “Santa” Claus que a mi ver y en mi humilde opinión, en nada recuerda o insinúa sobre la celebración del Nacimiento de Jesús, y solamente en forma abstracta se le relaciona con la Navidad, sólo por el hecho de que aparece en la Nochebuena y eso únicamente para repartir juguetes a los niños. Pero acerca de Cristo Niño, nada, ni para bien ni para mal.
Sobre este personaje existen infinidad de leyendas, cuentos, fantasías e imaginaciones inauditas, pues los gringos nos quieren hacer creer que vive en el Polo Norte y no en el cielo, y hasta que ¡está casado! y uno de sus renos tiene un nombre cristiano… ¿Usted cree?
Pero para nada relacionado con la Biblia o las Sagradas Escrituras, y ni siquiera con los llamados Evangelios Apócrifos.
Solamente en la Sagrada Tradición Cristiana se menciona algo que puede aducirse, muy tirado del cabello, como antecedente remotísimo de la imagen que el consumismo mercantilista nos endilga y que es nada menos que San Nicolás de Bari, un obispo católico, cuya historia transcribo enseguida, tomada de mi viejo misal diario, de allá por los años cuarentas del siglo pasado:
“San Nicolás llamado el Magno, el gran Taumaturgo del Oriente, nació en Asia Menor. Dios le honró con el don de innumerables milagros, y la Iglesia, en vista del poder que el Santo tuvo sobre el fuego, nos hace pedirle por su intercesión la gracia de vernos libres de los ardores del infierno. Electo obispo de Mira atendió con pastoral solicitud a toddas las necesidades de su grey, y asistió al concilio de Nicea, donde fue condenado el Arrianismo.
“De cómo practicara las obras de misericordia, así espirituales como corporales, haciendo producir los talentos que nos habla el Evangelio dan fe aquellas limosnas que discretamente arrojó por una ventana para librar de la deshonra a tres doncellas, hecho que todavía recuerda la fiesta infantil, en que se atribuye a la largueza de S. Nicolás los regalos hechos a escondidas. El Santo murió en 321, y sus reliquias se conservan en Bari, (Italia) siendo este lugar uno de los más concurridos de la cristiandad. Socorramos al prójimo en sus necesidades espirituales y corporales.”
Hasta aquí la versión de mi destartalado misal que tanto me ha servido no sólo para asistir al Santo Sacrificio de la Eucaristía, cuando aún podía hacerlo, y después en mi columnita diaria que escribía yo en “La Prensa” que denominaba “Recuerde hoy”, donde incluía la pequeña biografía del Santo principal de cada fecha, cuando tenía los datos a la mano, y muchas veces los tomaba de ese compendio litúrgico del calendario eclesiástico.
Y en la cita hecha arriba aparece una de las versiones de la vida de aquel Santo prelado, la de los dineros que obsequió anónimamente a
Aquellas tres doncellas, con la que las libró de la deshonra, como dice arriba, pues en aquellos tiempos las muchachas casaderas debían aportar una cantidad de dinero como dote para poder contraer matrimonio, y si no se casaban por lo que fuera, cargaban con cierto escarnio publico, que resultaba completamente deshonroso lo cual anhelaba evitar su madre, una pobre viuda muy pobre…
La tradición decía que San Nicolás entró por la ventana a la casa de aquella viuda y depositó las monedas de oro en las medias o calcetas que las chicas habían puesto a secar cerca de la chimenea, esto tal vez dio origen a la costumbre de poner un zapatito para recibir los presentes navideños que los míticos personajes llevan a la chamacada.
San Nicolás, pues, se hizo popular en todo el mundo cristiano, mas al pasar por Rusia ¡lo vistieron de rojo!, quitándole sus ornamentos episcopales. Cuando yo era reportero novel de “La Prensa”, en la Embajada de Holanda invitaron al periódico a la recepción de San Nicolás, narrándonos ahí que en aquel lejano país europeo, la propia reina, entonces en el trono de los Países Bajos, salía en un buque a dar la bienvenida al Santo, el cual llegaba en una engalanada nave, con gallardetes y oriflamas, ataviado él como obispo, con las insignias de su pontificado, como mitra, báculo, capa pluvial y estola.
Claro que aquel personaje que nos presentaron en la misión diplomática neerlandesa no había llegado por el mar. Estaba sentado según recuerdo, en un sitial, y tras él un imponente y musculoso “negrote”, que tenía un enorme libro.
Cada chamaco holandés iba pasando, uno a uno, para acercarse lo más posible al Santo, quien consultaba a su asistente de color serio, (negro, pues) sobre lo que estuviera asentado en aquel registro, donde debía constar el comportamiento del holandesito, tanto en su conducta social como su aprovechamiento en la escuela y si la respuesta era negativa, el atleta aquel amenazaba seriamente con aplicar un correctivo con algo que llevaba ostensiblemente para castigar a los niños que se portaran mal.
El personaje del Santo reconvenía amablemente al asustado crío y podía o no avisar si le dejaría algún juguete en la Nochebuena, junto a su árbol de Navidad, con una admonición para que modificara su conducta o estudiara aplicadamente en el colegio. Nos mostraron los diplomáticos a los reporteros, fotos de la Reina allá en Holanda, cuando recibía al prelado especial, San Nicolás igualmente ataviado con sus ornamentos eclesiásticos episcopales. Su nombre en holandés resultaba ser Sinter Klaas.
Mas ahora no solamente le quitaron esos atuendos, sino que a más de vestirlo de rojo, le fueron cambiando de nombre y de San Nicolás devino en Saint Niklaus, luego en Claus, y al fin en Santa Claus, para acabar en “Santa Clos” los gringos acabaron la faena diciendo sólo “Santa” sin más. En Francia y otros países le llaman Papá Noel o sea Papá Navidad, y así por el estilo. (Esta evolución semántica del apelativo del personaje puede no ser muy apegada a las reglas de la ortografía o la fonética, pero para mí es suficiente).
¡YO VESTIDO DE “SANTA CLOS”!
Si, porque estoy despotricando contra ese “Santa Claus” siendo que ¿ustedes creen? yo mismo me vestí del viejo barbón, con ropa colorada, blanca peluca, ancho cinturón y algo como botas negras…
Les voy a contar como fue:
Un día iba yo por una calle de Santa María la Ribera y me encontré de manos a boca con un joven mayor que yo, de nombre Trinidad, a quien conocí en el templo del Espíritu Santo; yo sabía que este compañero en la ACJM, del grupo “José de León Toral” de aquella parroquia frontera a San Cosme, tenía vocación sacerdotal e iba a entrar al seminario.
Pues bien, después de los saludos y la conversación breve sobre nuestros respectivos grupos (yo pertenecía al “Humberto Pro”) sin más me dijo:
–¿Me acompañas?
–¿A dónde? —le interrogué—
–Voy al Hospital Infantil, a un reparto de juguetes para los niños enfermitos, con motivo de la inminente Navidad.
–¡Sí voy!—contesté con alborozo.
Me explicó entonces que las Damas Voluntarias de aquel importante centro de salud organizaban la distribución de obsequios y necesitaban quienes se vistieran de “Santo Clos” para ir de cama en cama poniendo los juguetes en las infantiles manos de los pacientitos.
Con entusiasmo acepté la encomienda y junto con mi amigo Trinidad nos dirigimos al hospital. Era éste un moderno edificio, muy funcional con más de cinco pisos atestado de chiquillos y chiquillas (como diría en clásico), pero esa bella construcción sufrió daños estructurales en los sismos de 1985, sin que hubiera pérdidas humanas que lamentar, y hubo de ser demolido.
Pues bien, llegamos Trinidad y yo a ese centro médico de pediatría
y las gentiles voluntarias nos llevaron al sótano, donde estaban los trajes rojos, muchas almohadas para simular la panza, las pelucas y barbas postizas blancas como la nieve. Varios médicos iban a participar en el reparto; nos pidieron que hubiera cuidado de que no nos encontráramos al mismo tiempo los “santa closes”.
Nos caracterizamos convenientemente y ¡a visitar pequeñuelos enfermitos! cada uno de nosotros, los falsos “Santa Clos”, fue señalado para cubrir un piso. Y allá íbamos asistidos por las Voluntarias, quienes llevaban los juguetes y nos los daban subrepticiamente para que con gran emoción de mi parte, y más de los pequeñuelos, pusiéramos en sus temblorosas manos tan apreciable tesoro infantil. Quedé impresionado cuando una pequeñuela ambulante –es decir, que no guardaba cama— me premió con un cariñosísimo beso, que por poco me tira las barbas postizas, pero que me llegó al fondo del alma.
Y así, no tengo cara en qué persignarme cuando hablo sobre Santa Claus o “Santa” como entiendo que dicen los gringos, pero yo estoy vigorosamente en contra de la mercantilización fenicia que se ha hecho con tal figura para vender más regalos navideños. Incluso llega a parecerme que es un abierto caso de simonía, pues se aprovecha una imagen que, digan lo que quieran, tiene un origen puramente cristiano, como es aquel San Nicolás de Bari.
Aquí en México vino esa publicidad cuando en una tienda de origen yanqui (¡tenía que ser!) asentada en Insurgentes, puso en un enorme aparador un muñecote vestido como “Santa” que simulaba reírse estentóriamente, a lo menso, sin causa alguna, como un idiota, pero ¿vieran la cantidad de “nacos” autóctonos que se juntaba a verlo..?
También apareció una mojiganga (porque era una abierta burla a las costumbres navideñas mexicanas), una botarga enorme que todo lo que hacía era simular un baile al son de la música supuestamente popular, pero desde luego en inglés, que desde luego nadie entendía, intercalada con carcajadas grabadas también, con aquel ¡Jo, jo, jo! que a mí me caía como patada en la barriga. Y eso estaba en el edifico de H. Steel y compañía, en plena Avenida Juárez entre Bucareli y Balderas. Y más mensos (por no decir peor… pen…) baboseando en su derredor. Y de ahí pa’l real. Ahora hay “Santas” hasta en la sopa, sin que nadie sepa que conexión existe entre el viejo barbón y la gran fiesta del Nacimiento del Niño Jesús, es decir, de Cristo, el redentor de la Humanidad.
¿Cómo se puede compaginar esto con la Navidad? Yo veo remotísimo el contacto, fuera de la historia de San Nicolás, que además casi nadie conoce.
Pero el hechos es que a fuerza de saturación publicitaria los han ligado al punto de que nadie se ocupa de deslindar al mono rojo, de los verdaderos símbolos de la Fiesta por el Nacimiento de Cristo Jesús.
Y AL FIN, ¡LA ROSCA!
Las fiestas navideñas tienen una brillante culminación en el mes de enero, cuando ya pasaron por nuestra mente desde los peregrinos y las posadas, seguidas del Año Nuevo, pueden tener su culminación en la Epifanía con los Santos Reyes, pero a más de las celebraciones litúrgicas, nuestra gente -–y mucha en todo el mundo— se regodea con ¡la Rosca de Reyes!
Sí, porque en muchísimos ambientes comunes, desde luego la familia, el trabajo, los amigos y hasta los centros comerciales, le entramos a esa singular costumbre de “partir la rosca”. Pero ¿qué es eso? Pues nada menos que un delicioso pan que tiene forma redonda y dentro del cual está escondida una figura de un niño hecha antes de porcelana y ahora de vil plástico. Uno por uno, los comensales cortan un trozo de ese manjar, orgullo de los pasteleros, para ver individualmente a quién le toca el muñequito.
Mas no para ahí la cosa, pues en medio de la algarabía que se ocasiona, la persona que encuentre la figurita, tiene la obligación moral, el privilegio de invitar a todos a una tamalada el siguiente día dos de febrero, cuando tiene lugar el levantamiento del Niño Jesús en la Candelaria.
Y ¡claro! Todo es risa, sano jolgorio, simpáticas bromas y el compromiso de, a su tiempo, cenar tamales en otro ágape comunal y familiar.
Como antecedente yo recuerdo haber leído que allá en la Edad Media, en ocasión de alguna fiesta, se escondía un haba dentro de un pan y al toparse alguien con esa semilla, esa persona era declarada “rey del haba” y era objeto de cuchufletas y relativos vituperios para el solaz de mucha gente, pero mi opinión personal es que tal festejo del haba más bien pudo ser en el carnaval o algo así, pero desde luego no en la Navidad. La costumbre, pues, evolucionó dejándonos la forma actual que resulta muy significativa.
Pues ahora, a la tamaliza de la Candelaria (hay quienes dicen, de chacoteo, claro está, que algún contertulio “intentaba comerse la figurita para eludir el convite” pero era en son de chanza y “relajo” con el sentido en que usamos en México esta expresión.
En conjunto, pues conservemos amable y cuidadosamente lo positivo y eludamos con vigor todo estas cosas en su aspecto negativo, ya que desvirtúan y mistifican al cristianísimo espíritu navideño.
¿Qué tal será de contagioso ese espíritu, que hasta los paganos japoneses adoptaron y adaptaron las fiestas decembrinas, pero sin aludir a Cristo Jesús, sino solamente el bullicio y algazara de los “regalitos”, los abrazos y las felicitaciones, pero del Infante de Belén absolutamente nada? ¿Valdrá esto la pena?
El verdadero Espíritu Navideño debe conservarse estrictamente Cristiano. ¡Fuera las hipócritas mixtificaciones!
Yo soy aquel que firmó al principio









