Entre el no tengo tiempo y ¿quién eres tú?
- o del arte de saber ser un ídolo y regalar un sueño -
Jorge Horacio
Mario llegó ilusionado a las once de la mañana al hotel Villa Montaña, en la punta de la tenencia de Santa María de Guido en Morelia. Ahí se hospedaban un día de febrero del 2009 los jugadores del equipo América. Mario iba por aquellos años en sexto de primaria donde los recuerdos fijan las preferencias y las ideas empiezan a sellarse a fuego de vida y experiencia.
En la comitiva estaban algunos grupos alternos aficionados al club. Ellos estaban esperando desde hacía dos horas antes que Mario, la salida de jugadores para la firma de autógrafos y la toma de fotos. Como cada vez que ocurre en esta ciudad, cuando juega el América de Televisa con el Morelia de TV Azteca, no se habla de otra cosa y el ambiente se enciende con pronósticos y análisis -habría que escucharlos -, sobre el afamado encuentro.
En aquella comitiva estaba un chico discapacitado que, como Mario, esperaba ansioso la salida de sus ídolos. Noches enteras pensando este momento y parecía que por fin la larga espera había llegado a su término.
Uno a uno los jugadores se dieron tiempo para salir y regalar algunos autógrafos en las playeras, banderas o cuadernos que con gritos eran agitados por el tumulto emocionado al presenciar el encuentro con sus míticos ídolos. Pero uno era el esperado: Salvador Cabañas, goleador del equipo.
Mario se escabulló por entre las personas apretujadas y quedó frente a él, -¡experiencia única! -, exactamente junto aquel chico, que con su silla de ruedas, quedaba sorprendido viendo al robusto hombre salir a toda prisa del lobby del hotel sin reparar siquiera en ellos.
El padre de Mario increpó al jugador: “¡Chava, los niños, un autógrafo!” A lo que el jugador respondió en tono molesto: “¡no tengo tiempo!” El papá de Mario, -que por cierto la va al Cruz Azul -, insistió señalando al joven que estaba en sillas de ruedas: “¡Por él, un momentito, qué te cuesta! La respuesta fue la misma.
Sólo se escuchó un quejido unánime de desilusión mientras todos eran testigos de como el camión arrancaba con los jugadores al estadio para el encuentro que se aproximaba. Habrá que decir que los demás jugadores se dieron un tiempo para firmar autógrafos o acompañar la foto. Todos, menos al que más se le esperaba.
El lunes 25 de enero del 2010, mi abuela Lupita cumplía un año de habernos dejado, tenía 91 años; cumple años mi Tío Luis, hijo de mi abuela Lupita; arrancaban las clases en la universidad; Mario estaba en pleno primero de secundaria; y el periódico y noticieros sorprendía con la noticia: “Cabañas grave, baleado en la cabeza”.
Según las crónicas, juntadas como rompecabezas durante la semana, en el Bar- Bar de la Ciudad de México, a las cinco de la mañana, en el baño de aquel lugar, un hombre le reclamó al delantero americanista: “¡Y los goles campeón!” A lo que Cabañas respondió: “Y tú ¿Quién eres?”. El tono, el timbre y los ojos animaron al tipo a sacer una pistola, ponérsela frente al rostro y con eso dar una explícita presentación tal como se la habían solicitado. “Si tienes huevos, jálale“, se envalentonó Salvador. El otro obediente, haló el gatillo y puso al hombre en una cama de terapia intensiva.
Hago memoria de la Morelia del 2009 y empiezo a juntar otro rompecabezas, ahora el de la lógica humana. El 23 de enero, antes del disparo, Cabañas estuvo en Morelia y al igual que hacía un año, perdió el juego. No sé si hubo gente en el Villa Montaña esperándolo; si sé que Mario no.
Trato de encontrar un sentido a las frases pequeñas que salieron de su boca en los días del 2009 y en los momentos antes de su desgracia y encuentro una sintonía terrible y trágica entre ellas: “No tengo tiempo”; “y tú, ¿quién eres?”. Ambas significaron para él lo mismo. Y para mí también.
El peso de una responsabilidad mediáticamente popular y de la ejemplaridad, ponen al ser humano ante sus límites de condescendencia, cortesía y educación. Se agradece al ídolo de las multitudes que tuvo un tiempo para el apretón de manos, la foto, el autógrafo y la caricia al niño. Se aprecia la mirada a tiempo y el gesto de agradecimiento. Señales de tener un poco de tiempo para el otro y de reconocer al otro, aunque sea desconocido: “Tengo tiempo porque eres una persona; ¿quién eres tú?, una persona”.
Ahora, ¿por qué tanto tiempo para este sujeto tan prepotente y mal educado rumiando su desgracia e infortunio ocasionados por estar en un lugar y a horas donde no debía estar? ¿Quién es él? ¿Salvador Cabañas? Ojalá él hubiera sabido quien era el ahora afamado J. J., el chico de la silla de ruedas y Mario, así como lo que trascenderían sus respuestas frente a ellos.
Afortunadamente hay pronósticos alentadores para una eventual recuperación, quizá parcial, de su vida. Con el tiempo, el espectáculo mediático irá disminuyendo hasta hacerlo a él “uno más” dentro de los miles que a diario buscamos sueños, nos levamos temprano y con o sin silla de ruedas, con padre o sin él, subimos con ilusión al Villa Montaña para alcanzar un sueño, aunque eventualmente éste no se logre.
Del chico de la silla de ruedas no sé nada; del J.J., no hay noticias, pero creo que no tardará en caer en manos de la justicia; de Mario, sé que está en primero de secundaria, no se cambió al Cruz Azul como le sugirió su papá, sigue cantando en el coro de Infantes, le va al América, y dijo cuando se enteró sobre Cabañas: ” ¡Eso le pasa por mamón!”.
3. febrero 2010 | Sección:
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