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Los Años

1. Febrero 2010 | Sección: Carlos Ravelo Galindo, En la Opinión de..., En las nubes
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Los años a unos les da experiencia. A otros, vejez

Viene a mi mente tal aforismo por la forma como muchos comunicadores y locutores, acaban de descubrir el hilo negro, el agua tibia, la corrupción. Vaya lo que siempre, desde antes de Cristo, existe. Y en México, desde que aparecieron en sus playas los invasores, mal llamados conquistadores.¿ Acaso no Moctezuma envió viandas y mujeres a los hombres barbados, para que no les hicieran nada?. Todo sigue igual.

Lo del cabaret o club social, como quieran llamarle al “Bar Bar”, en donde resultó lesionado de un tiro conocido deportista, dio pauta a los más renombrados periodistas dictar cátedra sobre la deshonestidad que existe en México.

Acusaron a funcionarios, policías, inspectores, etcétera de estar en contubernio con los propietarios de los giros negros para que los parroquianos, como ocurrió el día siete, a las 5.45 horas, puedan disfrutar sin que nadie los moleste. Qué raro, ¿verdad?

De pronto descubrieron, merced al atentado, que todos, sin excepción son deshonestos. Seguramente que mis compañeros nunca han asistido y permanecido más tiempo del debido o permitido en antros de tal calaña. O suponen que es lo mismo estar en la cantina que en la iglesia. En la primera se va a beber, en la segunda a rezar. Nadie,ni las campanas, los obliga a asistir. Es por voluntad propia. Así es la inocencia.

Se enteraron de inmediato, qué talentosos, que allí había corrido el dinero a manos llenas para tapar el acontecimiento de sangre. Que las autoridades las extendieron y que los inspectores lo prohijaron. Al catedrático de la UNAM y novel jefe delegacional de Alvaro Obregón,Santillan, apenas recién desempacado, le endilgaron todas las tropelías habidas y por haber de los últimos meses y años en este territorio.

Lo menos que pidieron para él, fue el despido, un juicio sumario y la pena máxima por el suceso en el Bar Bar. Lo mismo también para todos los funcionarios del Gobierno de la Ciudad, comenzando por el mismo jefe de gobierno, Marcelo Ebrard. ¡Que se haga justicia!, clamaron casi todos. Cómo es posible, expusieron, que durante años los escasos inspectores no hayan realizado visitas al antro, refugio de políticos, actores, actrices, etcétera y ahora también de agresores a futbolistas. Y hubo de ocurrir el problema para acordarse de la corrupción latente.

( De las guarderías del Seguro Social, ya no se acuerdan.)

Caramba, olvidaron que en esos lugares, por mas discretos que sean o llamados clubes sociales, también se bebe, se baila, se periquea con la anuencia, hasta que ocurre una desgracia como ésta, de los jefes de jefes. Y por supuesto de los mismos parroquianos que se olvidan del tiempo que sobrepasa al permitido por la ley.

Sorprendió a todos los adjetivos calificativos, las ofensas utilizadas para no permitir que se soslayara el hecho de sangre. Hasta que la Procuraduría del Distrito Federal entró al quite y se solaridizo con los escribidores y locutores, se bajó un poco el tono descortés empleado.

Les siguió el juego y encontró de inmediato a los presuntos agresores, que, claro, siguen prófugos, aún cuando sus fotos han proliferado en los medios. Incluso una vedete ya acusó a uno de ellos ser padre de su hija. (esto es harina de otro costal, ojo señores periodistas).

Pero la fiscalía hizo más: Detuvo hasta al barrendero del Bar Bar, porque lo considera sospechoso. A la cocinera, para que diga qué comieron los agresores y la víctima. A los meseros qué sirvieron, obvio, en las mesas. A los vigilantes para que respondan de su descuido. Vaya hasta el cuidador de los coches para que diga qué vió.

Fueron veinte personas en total con arraigo “voluntario” hasta que quede claro qué fue lo que en verdad aconteció en horas fuera de las autorizadas por el supremo gobierno.

No cabe duda, creemos, que fue un malentendido entre gente, común y corriente, que al calor de las copas y las mujeres, culminó con un balazo calibre 22 o 25, en la cabeza de un deportista uruguayo admirado por el pueblo. Que pena, en verdad.

Quién, preguntaría, porta un arma de tal calibre. Sabemos que los guardaespaldas tiene 45, 370, 9 mm, pitón y calibre 44 para defender a sus “querencia”.

No somos nadie para criticar, pero deberíamos, los periodistas, locutores, comunicadores jóvenes o entrados en años, ser más prudentes. Por eso, como pontifico al principio, “los años a unos les da experiencia, a otros vejez.

De algo, sin embargo deberán envanecerse, porque la autoridad, llámese federal, del fuero común, ministerial, judicial, legislativa o ejecutiva, ya tomaron cartas en el asunto y seguirán pésele a quien le pese la investigación para terminar —ja ja ja y ja—de una vez por todas con la corrupción existente. ¿Durante cuanto tiempo?

A nivel nacional o solamente local, preguntaría.

carlosravelogalindo@yahoo.com.mx

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