Morir cuerdo y vivir loco
8. Febrero 2010 | Sección: ArtículosSUPER BOWL XLIV: COINCIDENCIAS SORPRENDENTES
- o la mal sana costumbre de dudar de todo –
Jorge Horacio
Fernando abrió despacio su botella de Whisky importado – eso dice la etiqueta, habrá que creerle -, de la mismísima Escocia. Frente a sus amigos reunidos en San Juan del Río, Querétaro, sus palabras fueron claras y sobre todo precisas: “No le comparto a nadie”. Alguno de los excluidos no tardó en reclamarle: “¡tu botella es chafa!”
Fernando hubo de ganarse la botella “escocesa” de entre otras, una vez que los Santos de Nueva Orleans fue ganando uno a uno cada compromiso durante la campaña regular. Perteneciente a una especie rara y escasísima de fanáticos de este equipo en México, dejó boquicerrado a quienes vaticinaban su caída jornada tras jornada.
Con un Drew Brees incontenible, la mejor ofensiva de la liga encabezada por su potente línea y los corredores Jermaine Allen y Reggie Bush, una defensiva agresiva motivada por el agresivo Troy Evans y bien dirigidos por el joven pero experimentado Sean Payton, son ahora un serio candidato para llevarse el Súper Bowl XLIV.
Esta situación sería histórica para una ciudad que ha esperado ya no un súper tazón, un equipo regular desde 1967, año en que se fundado el club y que lo máximo que ha conseguido fue tres idas consecutivas a la postemporada en los años noventa.
También lo sería renovar la confianza y la esperanza de una comunidad que fue devastada por el huracán Catrina en agosto del 2005. Esta desgracia, se calcula, provocó una perdida económica de 75 mil millones de dólares, no tan costosos como las casi 2000 personas caídas en el desastre.
Hace diecisiete días se cumplió un año de la toma de poder de Barak Hussein Obama, primer afroamericano que llevó a niveles insospechados el poder de los medios electrónicos, – específicamente el internet -, en su campaña política, recaudando más de 16.4 millones de dólares antes de las primarias, todo de admiradores que sucumbían ante su buena estampa, labia y mejores promesas.
En aquel 20 de enero del 2009, a horas de la mañana, estábamos frente a la pantalla tomando café, dejando a los alumnos sin clases y viendo con ellos como los reunidos en Washington rezaban el padre nuestro y el sr. Obama tomaba protesta con la mano izquierda sobre la biblia y la mano derecha arriba.
Durante su campaña, Obama manifestó en Pensilvania que era fanático de los Acereros de Pittsburgh. Pues no bien pasaron unos días de la toma presidencial para que viera a su equipo hecho campeón una vez que Santonio Holmes completara en el último minuto a Ben Roethlisberger la atrapada milagrosa, frente a unos incrédulos Cardenales de Arizona comandados por el legendario Kurt Wagner.
Desde ese momento, no es de sorprender que el “black power” resurgiera como moda mediática en el pueblo norteamericano, que ya cuenta incluso con un cuento de hadas donde la princesa es negra y vive “curiosamente” en Nueva Orleans.
Coincidencias sorprendentes: ¿Una reconciliación del pueblo norteamericano con sus raíces negras? ¿Una disculpa pública ante las injusticias cometidas contra una raza que fue sustraída de sus raíces que se ha forjado a golpes de muerte, maltrato, dolor y llanto? ¿Un golpe de gracia a los gustos presidenciales? ¿Un golpe de olvido frente al problema antiguo de la esclavitud que ahora existe pero con otros nombres y de otros modos? ¿Paliativos a una ciudad como Nueva Orleans, que fue víctima de la guerra de secesión y de las peores historias de racismo contra los negros, algo mil veces más catastrófico que Catrina? ¿Un disfraz ante el problema racial americano que no acaba de desaparecer?
Así las cosas, no estaría por demás regalarle al señor presidente y su proyecto un par de super bowls como bienvenida: su equipo favorito y el equipo de la ciudad del jazz, el blues y el vudú negros. Eventos sucedáneos que distraen al pueblo cuando la realidad económica, política y social deja mucho que desear; cuando las promesas de campaña están muy lejos de ser cumplidas.
¡Ah! Esta costumbre muy mexicana de dudar de todo, específicamente del éxito de los demás, que de forma inmediata lo pasa al paredón de fusilamiento donde las balas son la duda y el menosprecio. Quizá todo por la también muy mexicana – y americana -, de vivir de mentira en mentira y pensar que el éxito no existe inmaculado o que no pasa nada si papá gobierno no quiere que pase.
Pero, mientras tanto, a Fernando le tocará vivir este domingo lo que los aficionados de los Acereros han vivido siete ocasiones, seis de ellas de forma exitosa: ver a su equipo en el partido grande, ahí donde se disfruta el triunfo el doble o la derrota duele más.
Sé que verá el partido con su familia, pero en esencia estará sólo como todo aficionado que tiene a su equipo en una final, solo, con sus sentimientos, sus nervios, su afición a flor de piel y su botella “escocesa”; bueno, eso dice la etiqueta, habrá que creerle.











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