Jueves 29 de Julio de 2010, 13:57
 

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Los nuevos maridajes gay

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¿Evolución social o dinámica en la historia?

“Un gran matrimonio, no hay que olvidarlo,
es una operación fructífera de contabilidad, que consiste
en pasar al crédito de la naturaleza el gravoso débito del orden…”

(R. Barthes, Mitologías)

Evolución social o dinámica en la historia?

Jorge Horacio Martínez

Hoy en la mañana he tenido una conversación con mi padre sobre las “nuevas parejas” o lo que se llama al orden técnico las “sociedades de convivencia”. Me llamó la atención la energía puesta en el argumento que defendía la integridad del concepto de familia. No dejo de pensar en lo duro que ha sido para él formar la suya y lo que significa defender un concepto que si bien no es profundamente filosófico, si lo es vital.

El contrato o la legislación entre dos partes, – me comentaba – no te garantizan nada. Al final de cuentas la base de cualquier relación no es su “convenio previo” sino sus ganas, el amor, el compromiso implícito de querer lograr algo juntos. Un contrato solo involucra a un tercero, el Estado, quien arbitrará si las cosas no se cumplen. Pero ni eso, te garantiza nada”.

No dejo de pensar que mi padre, un hombre educado desde mediados del siglo pasado, le cuesta trabajo identificar un orden diferente en cuanto a las relaciones entre un hombre y una mujer. Para él, el problema no estaba en “legislar” una relación o en derivar la relación a otra forma de asociación, sino en degradar a la institución familiar.

El mismo planteamiento lo hice a mis alumnos de Ética Profesional en la carrera de Comercio Internacional. A pesar de su juventud y estar viviendo una formación totalmente diferente a la de mi padre, coincidieron en algo, -sorpréndase -, la unión de dos personas pertenece al fuero interno y tiene el garante del libre arbitrio, por lo que su realidad es meramente incidental y no interfiere en la vida propia.

Sin embargo, no están de acuerdo con que las parejas de “homosexuales”, formulando un convenio parecido al del matrimonio, funden una familia, sobre todo con adopción y educación de hijos: – “A mi me da igual que se casen o no, es su problema y no el mío. Pero que quieran adoptar a niños, ¿para qué? No, eso no; cada quién que viva su vida como quiera, pero que no ande queriendo vender lo suyo como lo mejor, si no lo es” – comentaba una alumna.

Garantizo que la opinión de estos veinte jóvenes fue unánime y coincidente a la de su compañera. Esto es algo que puede explicarse de muchas formas, pero que sin lugar a dudas refleja la polarización que ha causado el tema dentro de la sociedad.

Si bien, mi padre y mis alumnos están orientados por un entorno compartido, es sintomático que las tres realidades tengan puntos de coincidencia que permiten identificar una homogeneidad de pensamiento en el ámbito en el que vivo.

Estas semejanzas, por supuesto chocan con las posturas radicales de las minorías que exigen se cumpla a cabalidad el goce de sus derechos en cuanto a la libertad de asociación.

En lo personal, al ponerme en contacto con los demandantes noté un faltante que, por lo general – y sobre todo en México -, sucede por cultura: no había ofertas. Las tres realidades que consulté se unificaron en un sentido claro: la familia. Los demandantes la olvidaron.

La institución familiar, querámoslo o no, sigue siendo el pilar fundamental de la sociedad; el núcleo simbólico donde los seres humanos se pro – crean para formarse. Ahí no sólo nace la cultura, se vive.

Las nuevas sociedades de convivencia pueden ser legisladas todo lo que se quiera, pero deben conllevar en sí mismas un compromiso moral implícito en su oferta o en la contribución real que aportarán a la institución familiar. Y eso, no lo he escuchado.

Sin lugar a dudas, lejos de cualquier prejuicio sobre el arbitrio de vivir la vida según se venga en gana, no debemos pasar por alto que todos estamos inter – conectados en una suerte de convivencia. No podemos entender la sociedad de otra forma.

Así, mi libre decidir no es una decisión aislada, es un acto repercutiente que impacta de alguna u otra forma en el otro. La unión por convivencia – o conveniencia – de las parejas homosexuales, debe ser debatida no como un hecho de minorías, no como una “evolución natural”, sino como una “dinámica histórica” que requiere ser cuidadosamente analizada.

¿Qué nos está pidiendo la sociedad hoy? ¿Dónde debe quedar la tolerancia, en la unilateralidad? ¿Qué pasa con la familia, con la molécula que explica las culturas? ¿Qué aporte traerán estas nuevas figuras sociales al entorno familiar? ¿Es un suceso o un retroceso?

La postura de los credos y de las morales debe ser también un referente, pues no se puede olvidar que es necesario para una sociedad su sistema de creencias y que mucho de lo que se decide no pasa por la objetiva razón, sino por el andamiaje de lo créetico.

Hay un poder implícito en el valor de la familia que queda y que se defiende desde sí, el sometimiento que desea que sus miembros estén ahí por gusto, por amor, por genuinos compromisos – –escuchados, elegidos- -, y no por motivos egoístas y reducidos a un solo ámbito de la relación.

La familia, es pues, una unidad de individualidades confluidas en un mismo credo, emancipando su propio interés, transmutándolo en interés colectivo: “lo que yo deseo no es para mí, sino para el bien de todos, es decir, “tu” que quieres y deseas estar conmigo” -. Así, la familia es una unidad que se instituye en el corazón de quienes la viven y la vuelven su sentido de pertenencia.

Bienvenidas las nuevas formas de hacer familia, sí; siempre y cuando sean de suyo una propuesta que construya y no debilite y pervierta.

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