Andan de aquí para allá los huesos de los héroes
Ató con cintas los desnudos huesos,
el yerto cráneo coronó de flores,
la horrible boca le llenó de besos
y le contó sonriendo sus amores.
(Bodas negras, de Julio Flores, colombiano,
o Carlos Borges, venezolano; hay duda)
Antonio Aspiros
Argentina celebró el bicentenario de su independencia con cuatro días de festejos populares, al final de los cuales la presidenta Cristina Kirchner asistió a un tedeum e hizo declaraciones obvias según las cuales, “estamos mejor que hace cien años”. (Aquí también dicen oficialmente que estamos mejor que nunca).
La independencia de Argentina fue conmemorada el 25 de mayo y México lo hará el 16 de septiembre próximo, y mientras allá la mandataria fue a misa en un acto oficial que acá no tendría cabida, entre nosotros una mente macabra tuvo la ocurrencia de organizar como parte de las celebraciones un traslado de calaveras y osamentas, de la Columna de la Independencia al Castillo de Chapultepec.
Con una solemnidad ya vista antes -hace 85 años cuando algunos de esos restos de nuestros héroes fueron llevados a la Columna, y entre 1942 y 1976 cuando Carranza, Madero, Cárdenas y Villa fueron inhumados en el Monumento a la Revolución-, tuvo lugar la exhumación de los héroes independentistas para investigar científicamente quién es quién, y ya identificados exponerlos públicamente en Palacio Nacional durante un año.
Ciertamente el ambiente expectante por los aniversarios de 1810 y 1910 es propicio para exaltar el nacionalismo con toda suerte de actos, pero éste de los huesos es uno más de igual naturaleza, si nos atenemos al hecho de que “Los restos de los héroes (ya) fueron medidos e inventariados parcialmente en diversos estudios antropológicos entre 1893 y 1895, y después entre 1911 y 1912” (Horacio Jiménez, El Universal).
Según la prensa actual, 12 próceres de la Independencia (algunos medios citaron 15) fueron depositados en la Columna de la Independencia en 1925, luego de haber permanecido desde 1823 en la Catedral Metropolitana. Pero Gustavo Casasola dice en su Historia Gráfica de la Revolución Mexicana que, en 1925, por disposición del presidente Plutarco Elías Calles fueron trasladados sólo cuatro cráneos, que estaban en la capilla de san José. “El templo mayor de la capital de la República no se vistió de gala ni de luto para despedir este preciado tesoro nacional”, escribió Casasola.
Éste, integrante de la famosa dinastía de fotógrafos de prensa que hicieron historia, dio cuenta también de que, el 16 de septiembre de 1921, el entonces presidente Álvaro Obregón, acompañado de su gabinete y el cuerpo diplomático, encabezó una “importante ceremonia” en la propia Catedral, que “revistió una marcada solemnidad, sobresaliendo los momentos en que fueron colocadas las ofrendas florales sobre los marfilíneos cráneos de los caudillos…”. Omite informar Casasola si hubo algún acto litúrgico.
Claro, los restos de Agustín de Iturbide se quedaron en la capilla de San Felipe de Jesús, de la Catedral -donde también está el corazón de Anastasio Bustamante-, de la misma forma que los de Porfirio Díaz permanecen en París y muchos otros están en los panteones de San Fernando, Dolores o La Villa, según el bando desde el cual hayan luchado, mientras que los principales actores de la guerra de Independencia, luego de su ocurrente periplo actual, seguirán reposando -desde el 30 de julio de 2011, bicentenario del sacrificio de Miguel Hidalgo- en la Columna de la Independencia que inauguró hace un siglo Porfirio Díaz.
Se trata, de acuerdo con documentos y estudios, de las osamentas, no siempre completas, de Miguel Hidalgo y Costilla, Ignacio Allende, Juan Aldama, José María Morelos y Pavón, Mariano Matamoros, Mariano Jiménez, Francisco Javier Mina, Vicente Guerrero, Leona Vicario, Andrés Quintana Roo, Nicolás Bravo y Guadalupe Victoria, guardadas en nueve urnas. (Los restos de Josefa Ortiz de Domínguez pasaron en 1894 del Convento de Santa Catalina a un mausoleo en el actual Panteón de los Queretanos Ilustres).
Una de estas urnas, la sacada de la Catedral en 1925, contiene sólo los cráneos de Hidalgo, Allende, Jiménez y Aldama, ya que sus cuerpos los inhumaron tal vez en Chihuahua, donde fueron fusilados y decapitados para colgar sus cabezas (14 de octubre de 1811) en las cuatro esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato.
Estas historias nos recuerdan cómo recibieron honores la pierna de Antonio López de Santa Anna (1838) y el brazo de Álvaro Obregón -perdido en 1915 durante un ataque villista y expuesto hasta 1990 en un monumento en Chimalistac, DF- y cómo descalificaron duramente a Eulalia Guzmán cuando dijo haber encontrado los restos de Cuauhtémoc en Ixcateopan (1949), mientras que un esqueleto de monja localizado en la iglesia de San Jerónimo de la capital mexicana (1978), fue declarado al día siguiente y sin aval científico, como el de sor Juana Inés de la Cruz.
Pobres antepasados, no los dejamos descansar.
15. junio 2010 | Sección:
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